Jódete, porque voy a ser una de esas personas que pierdes.
Jódete, porque no serás capaz de ver mis sonrisas ni mis lágrimas futuras.
Jódete, porque nunca verás lo que puedo llegar a ser.
Jódete, porque antes de apretar el gatillo, me iré con la conciencia tranquila y sin arrepentimientos. ¿Por qué? Porque sé que tú tuviste la culpa y no yo.
Me gusta pasarme las tardes muertas sentada en la terraza de casa de mi padre, con la música de Joe Hisaishi sonando. El Sol acariciando mi cara, y el viento agitando mi pelo. Esos son los momentos en los que el mundo deja de ser la bolsa de basura habitual para convertirse en un lugar… agradable.
A decir verdad, yo creo que tengo miedo del mundo, y, por eso, me refugio en el odio. Y trato de justificar el odio con todos los males que provocan otras personas. Pero sigue siendo miedo. Un miedo terrible y atroz al mundo y a las personas que lo habitan. Sobretodo a las personas.
Sigh… creo que, simplemente, soy una cobarde infantil.
Hoy, buscando algo que colgar, he decidido buscar entre escritos antiguos. La verdad es que en el portátil no tengo demasiado escrito, pero bueno. Es un texto que no llegué a terminar. Iba a ser para un concurso de relato breve de mi instituto (concurso en el que al final no participé), pero la idea fue tan larga que no me creí capaz de resumirla en tres folios con interlineado doble. En fin.
Antes de nada, decir que la idea no es original mía. Está basada en una de mis canciones favoritas de Vocaloid: Dark Woods Circus, con algunos detalles míos.
EL CIRCO DEL BOSQUE OSCURO.
Dicen que en lo más profundo del bosque, se esconde un circo. Dicen que sólo se puede encontrar al atardecer, y sólo lo puede encontrar aquella persona que no sabe a dónde va.
Dicen que en él se encuentran las maravillas más fantásticas, pero también las monstruosidades más horrendas.
El viento silbaba entre los árboles. La chiquilla (de unos siete u ocho años) caminaba, abrazándose a sí misma y mirando a todos los lados. Su miedo era capaz de palparse en el aire. Los cuervos graznaban amenazadoramente, como intentando espantar a la niña. En ese mismo, la muchacha chocó con un cartel. Al alzar la cabeza pudo leer:
CIRCO DEL BOSQUE OSCURO
Ciento cincuenta pasos en línea recta.
La chica dio un respingo, con los ojos brillantes. ¡Quizá allí podrían decir cómo volver al pueblo! Sonrío, con la esperanza recobrada, y empezó a correr hacia un camino que se adentraba aún más entre los robles.
La carpa era roja y blanca, típica de circo, bastante vieja, y roída por algunas partes. En el exterior, junto a la entrada, un rótulo con letras cursivas anunciaba al circo. Y, a su lado, un hombre con un sombrero de copa que le tapaba la cara tocaba el acordeón. La niña se acercó a él, dubitativa.
-Disculpe…-empezó, algo insegura.- ¿Podría decirme cómo llegar a mi pueblo…?
El hombre alzó la cabeza, sonriendo, pero sin dejar que todavía se la vieran los ojos.
-¿Tu pueblo? –Sonrió, enseñando los dientes. Eran triangulares y serrados, como un tiburón a punto de abalanzarse sobre su presa- ¿No te gusta el circo?
-Yo… Yo… -La niña no sabía que responder.- P-Pues sí que me gusta, claro…
-Entonces, ¿por qué no entras? Seguro que lo pasas bien. –Dijo el hombre. Luego, extendió una mano y abrió la entrada a la carpa para la chiquilla.- Cuando lo termines de ver, te diré cómo llegar a… tu pueblo.
La mirada de la niña se iluminó momentáneamente, mientras se dirigía a la boca del circo. Antes de entrar, volvió la cabeza un momento al hombre, pero no lo encontró. La música del acordeón no dejaba de sonar.
En julio de dos mil diez, mis padres nos anunciaron que se iban a separar.
Hoy, algún día de abril de dos mil once, mi padre sigue llevando el anillo.
Yo me lo esperaba. Estaba harta de tener que encerrarme en mi habitación cada vez que mis padres empezaban una discusión (“¡Me has amargado la vida!” gritó mamá alguna vez a papá). En realidad, creo que casi me alegré de que se separaran. Fue uno de los pensamientos más mezquinos que he tenido en toda mi vida.
Pero el tiempo puso una bomba dentro de mi cuerpo que explotó a los pocos meses, cuando, de repente, asumí toda la realidad. Y lloré. Lloré durante varios días. Ni siquiera tenía ganas de ir a clase, y cada día llegaba más tarde. Me conectaba a Internet para desahogarme y buscar algo con el fin de intentar animarme. Pero, como todo, el tiempo también me dio el remedio y poco a poco me fui acostumbrando a la idea. Pero hoy afloró una pequeña parte de esa tristeza.
En julio de dos mil diez, mis padres nos anunciaron que se iban a separar.
Hoy, algún día de abril de dos mil once, mi padre sigue llevando el anillo.
Apenas unos días después de anunciarlos, papá se fue de casa. Pasamos nuestro verano salteado entre la casa de mi madre y la de mi padre. No me gusta decir que una vez intenté herir a mi madre yéndome a casa de mi padre sin decir nada tras una discusión (lo conseguí, y también una gran sensación de culpabilidad y arrepentimiento).
En noviembre consiguieron solicitar el divorcio oficial y, finalmente, en marzo, el divorcio fue aprobado. Se estableció que los hijos tenían que pasar una semana en casa de cada uno, amén de mitad de vacaciones. Mi madre me recibió (acababa de llegar de clase) con una gran sonrisa de alegría. Nunca la había visto tan feliz. Yo fingí una sonrisa, le dijo “Me alegro” y me subí a mi habitación, dónde cerré la puerta.
En julio de dos mil diez, mis padres nos anunciaron que se iban a separar.
Hoy, algún día de abril de dos mil once, mi padre sigue llevando el anillo.
La vida con mi familia ya no es nada igual a cómo era antes. Mi madre sale con sus amigos cada semana y cada día se aleja más de mi hermano pequeño y de mí. Cada vez que la veo, tengo discusiones con ella. Ella piensa que lo hago aposta, que quiero amargarle la vida. Pero no es cierto. A mí me amarga mucho más todo lo que ella me dice. Me duele tener que discutir con ella en cada comida o en cada cena (las únicas veces en el día que nos vemos). Pero, sin embargo, no quiero colocar a mi madre de mala de la película.
Y, respecto a mi padre… él tiene novia. La conoció en Navidad. La invitó a casa a pasar las Navidades con nosotros sin decirnos nada. Durante los días siguientes, nos concedió hasta el mínimo capricho, quizá cómo una forma de que pasáramos aquello sin tanto escándalo. Pero no fue hasta pasado Año Nuevo que nos dimos cuenta de que eran pareja formal. Aquello nos sentó, a mi hermano y a mí, como una patada en la boca del estómago. Dentro de unos meses, vendrán los hijos de su novia (son de Brasil) a España para vivir con nosotros. Tengo miedo de que nos reemplace…
En julio de dos mil diez, mis padres nos anunciaron que se iban a separar.
Hoy, algún día de abril de dos mil once, mi padre sigue llevando el anillo.